Y ahora, salgo disparado hacia el insomnio de estas horas tan oscuras, con destreza y experiencia ya cansada de otras veces en que escapo de mí mismo por prudencia. Y lo hago hacia una cama que aburrida, ya no espera ni pretende mi llegada más tardía, pues la noche que era joven no hace tanto, ni reclama ni reprocha este retraso repetido.
Y vestida, engalanada entre sus sedas y sus linos, tú descansas sin dormir…casi desnuda. Con tu piel resbaladiza y sudorosa, calentando cada pliegue y dos almohadas. Una vacía. Con reclamos hormonales que no asustan a mi sana hipocresía, que no entiende lo que pasa tras mi ausencia…la cercana.
Y me siento comprendido y respetado aunque te falte muchos días. Yo me he conformado con rutinas que no entiendo, aunque entiendo tus carencias, que son mías.
Y por fin pasan las horas como losas, convenciéndome al fin y al cabo, de mi cita ineludible con tu cuerpo reposado y agitado, que despierta cuando acudo, ya cansado, por mi absurda y repetida melodía. Estridente como todas las forjadas, del vivir éste en que muero cada día.